Léase con libertad

A veces imagino un rostro. Ojo por ojo, nariz, labios y mentón. En ocasiones vislumbro un bigote, una barba… me inquieta desconocer el origen de este rostro: ¿era una cara que no alcanzaron a ponerme?, ¿es un reflejo del autor? No quisiera engañarme, es muy fácil dejarse llevar por una imaginación. Pienso que este ‘no quiero engañarme’ me hará ver un rostro que ya no existe. Si tengo rostro, debe andar escondido. Tras una máscara blanca, o en la cabeza del autor. Yo pensaba que esta voz era mía, pero ahora empiezo a sospechar, porque ni siquiera tengo boca. Me comunico desde alguna parte, distante, causa del eco. Aquí no hay colores, apenas la palabra color. No debería existir, no hace sino señalar otro descuido del autor. ¿Qué le impidió terminarme? Ni un nombre, o cuerpo… dudo mucho que haya perdido sus manos. No estoy atrapado en una página, ni en palabras ni en dibujos. Me has leído, has creído liberarme, y ahora vuelvo a mi prisión.

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