La inspiración y yo

Cuando me preguntan en qué me inspiro al escribir nunca acierto a dar una respuesta.

Creo (o cada día me convenzo más/menos) que la invento yo mismo, a través de retos literario. No puedo recordarlos todos, no siempre terminan en el papel. Por ejemplo: escribir un microcuento con alguna de las palabras de los títulos de las canciones de Radiohead que esté escuchando; o hacer microcuentos con los objetos que hay desde mi cama hasta la puerta de mi cuarto.

En mis retos predomina la comprensión del lector, mi objetivo principal: lograr que cada cual entienda mis textos a su manera. Un reto literario muchísimo más personal, es retorcer mis tristezas y transformarlas en algo totalmente literario, y no por ello triste. Mis cuentos sobre el suicidio, más se basan en reflexiones literarias que en esas tristezas tontas y fugaces. Pensar en compartirlas se me hace necesario más por presión social que por convicción propia. En honor a esa necesidad, las escribo (no las des-cribo). En cuanto a amor se refiere, de mi experiencia personal conservo o desecho la sensación de un momento, y cambio la situación. Cuando quiero escribir con odio, me sale una ironía.

También he encontrado inspiración en mis malas traducciones del inglés, cuando creo estar sorprendido del significado de una frase, y enterarme de que es algo totalmente distinto. Sumergir mis labios felices era una exquisita imagen, hasta encontrar la verdadera traducción del primer verso de la siguiente canción:

Podría decir que Radiohead me inspira pero no es del todo cierto, ni falso. Disfruto escucharlos, pero no trato de rendirles homenaje con mis textos. Un par de frases sí me han abierto los ojos y las he utilizado, o me han hecho pensar otras historias. Mis sueños también los disfruto demasiado como para arruinarlos compartiéndolos. Son alegres, y eso no se puede explicar; se disfruta. De ellos guardo una que otra situación, un ambiente.

Por mi afición y aprendizaje en el canto, ahora estoy expuesto a mucha más música clásica que antes, y a veces quedo sorprendido solo con el título de una canción. Ejemplo: Una noche en el monte pelado. Por supuesto, hay ocasiones en las que sucede lo contrario, como la Fantasía para Flauta y Guitarra, Variación No. 4, de Chopin, cuyo título no dice nada, pero la música…oh, esa música es genial: sencilla, alegre, sublime… He intentado ponerla letra, pero eso casi siempre sucede en el bus y nunca alcanzo a escribir nada. Aunque una vez me salió un microcuento sobre la vida de una flecha. En pocas palabras: es una canción encantadoramente optimista. (No pongo un link porque no he encontrado ninguna versión similar a la que me descargué hace mucho, mucho tiempo, quién sabe de dónde).

Asimismo, encuentro inspiración al cruzar contextos: tomar un elemento y cambiarlo de ambiente. O, al leer, saco historias a partir de textos cuyo desenlace me ha parecido asombrosamente decepcionante. No las mejoro, pero tomo alguno de sus elementos y trato de evadir ese fracaso.

Y por último, mi perspectiva: la vida me resulta extraña, y escribo desde esa extrañeza que siento a diario. En público, esa extrañeza se vuelve humor, pero, curiosamente, no escribo textos humorísticos 🙂

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