Sueños del musical

He descuidado un poco el blog, y la razón fue esto: Jack, el musical. Creo que en otro post hablaré de esa experiencia. Aquí voy a contar los dos sueños en la temporada de ensayos que tuve. Fue un poco agotador pero llena de regocijo 🙂

Primer sueño

Ensayábamos la obra en las butacas de un teatro. Típicas butacas de teatro: de color rojo oscuro, un poco gastadas pero no menos elegantes, algo estrechas quizás. Cantábamos y en el asiento hacíamos los movimientos de la primera coreografía (algo absurdo, analizándolo ahora despierto). El director escénico nos corregía de uno en uno y nos llamaba la atención. Yo estaba confiado pero me entraron los nervios cuando lo tuve cerca mío. Entonces enrojecí un poco y fallé algunas partes.

Segundo sueño

Íbamos a tener un ensayo abierto al público. No recuerdo mucho del ensayo. El teatro estaba en un piso bajo el suelo, bastante parecido a una cafetería espaciosa, con luces colgantes que iluminaban lo justo sobre las mesas. Tenía dos pares de lentes (diferentes a los que uso de verdad). El director nos dio 10 minutos para alistarnos, y no sé por qué fui a mi casa. Llegué de lo más tranquilo, busqué a mi mamá, la encontré en el cuarto de la computadora, conversamos un poco. Luego fui a su cuarto, dispuesto a buscar algo entretenido en la TV. Ya acostado, vi la hora de reojo. ¡Hace 10 minutos que tenía que estar en el escenario!

No estaba muy seguro de por qué había ido a la casa. Antes de salir apresurado, cogí unas partituras al vuelo, otros pares de lentes, y la infaltable bufanda (porque quedarme sin voz significaba también quedarme sin trabajo). Estaba sin dinero y al bajar las gradas le pedí a mi primo que me preste tres dólares. Me dio cinco dólares. Me sorprendió tanto que ni siquiera le di gracias y salí. En la calle me encontré con mi sobrino y sus padres. Su padre, al ver mi apuro y sin decir nada me dio 10 dólares. Fueron a la casa, yo me quedé durante un larguísimo minuto esperando un taxi.

No recuerdo cómo subí al taxi, pero lo cierto era que ya llegaba. El taxista apenas me cobró un dólar con cincuenta centavos. Mientras me dirigía al teatro pensando en qué excusa inventarme, me quedé sorprendido al ver a casi todo el elenco vestido y sentado en las gradas. Yo bajé a cambiarme, y ahí me sumergí en otro sueño.

Tercer sueño

En ese otro sueño sucedieron muchas cosas: en el baño de hombres, en el lavamanos, había una especie de juego con un par de mazos. El objetivo era tratar de meter una bolita por un agujero del lavamanos, y ahora que caigo en cuenta, de vez en cuando la bola iba contra las leyes de gravedad. Tengo algunos recuerdos de estar escogiendo mi vestuario, y luego de estar presente en el escenario y olvidar la letra de una canción. La parte más extraña del sueño fueron las sillas etiquetadas.

En una especie de salón (diferente de la cafetería escenario) había una fila de sillas con nombres de músicos célebres. Yo estaba con una chica, y cada vez que se sentaba en una u otra silla, su aspecto también cambiaba. Era sumamente pequeña de tamaño. Creo que yo la podía levantar sin esfuerzo con ambas manos. De repente vi una silla que decía Imelda May y corrí a sentarme. Sobre mi cabeza y mi cuerpo aparecieron algunos accesorios de Imelda May, y una canción suya sonó a todo volumen.

Les dejo dos de mis canciones preferidas de esta genial cantante. La conocí gracias a una amiga, y aunque no le tenía mucha fe, su voz me encantó:

Big Bad Handsome Man

 

Smoker’s Song

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