A través de los labios

y sostienes el libro con furia: acabas de pensar que pudo haber sido alguien de tu mismo sexo. Te sonrojas con apacible furia, te pones a la defensiva con argumentos proteicos que poco a poco desvanecen tu enojo. Caminas tranquilamente con el libro frente a tu cara, apuntando la nariz hacia tu mejilla derecha recién besada. Entonces, no supiste cómo reaccionar: te limitaste a proteger tu libro, único artículo de valor. Lo agarraste con firmeza, preparándote para usarlo contra algo más intenso que un par de labios.
Hasta aquí, no sabes cuánto has avanzado. El cansancio no forma parte de tus pensamientos. Ni siquiera sabes si vas o estás de regreso. Tampoco has pensado dónde detenerte. Con cuidado, empiezas a mirar más allá de las páginas, tratando de vislumbrar algo entre coches, semáforos, basura, peatones. Suaves uñas agarran tu hombro, deteniéndote. Abres y cierras los ojos varias veces antes de recuperar la confianza en tu oído. Sin mirar fuera de las páginas, esperas que el ruido de los autos disminuya. Estornudas por curiosidad, agachando la  cabeza y espiar los pies de la persona que te ha detenido. Visten sandalias. Cruzas.
Te has dejado llevar por cierta multitud homogénea, y te encuentras subiendo las gradas de un paso a desnivel. El libro continúa frente a tu cara. Las palabras ya no ti enen sentido. Eres incapaz de recordar algo, todo se mezcla con aquel beso indiscreto, corto e inmortal preludio de lectura. Te sonrojas nuevamente, inflando un poco tus cachetes y separando tus labios, como si sonrieras. Mientras cruzad el puente, crees sentir una humedad que no abandona tu mejilla. Sientes tu paso acelerado y lo reduces. Avanzas por última vez. Inicias tu descenso entre ruido y una diversidad de olores entre los que reconoces el aliento de quien te besó. Dejas tu libro a tu mano izquierda mientras haces puño con la derecha. Miras sobre tu hombre, mostrando cierto enfado. En cambio a tu libro le devuelves una cara amistosa.
Te has sentado al filo de la vereda. Cabeza sobre brazo sobre rodillas pegadas a tu pecho. Estás a punto de ponerte estúpidamente triste. El mediodía está pasando. Necesitas actuar de inmediato o de lo contrario iniciarás un llanto que probablemente no sabrás controlar (ni siquiera sabes su motivo) y lo dejarás caer sobre el primer hombro que encuentres. Elaboras a toda prisa desesperadas predicciones si pasa un carro negro con un perro en la ventana, si subo corriendo al puente y escupo sobre…, si ese chico se detiene ahora, pero no puedes concentrarte, y piensas mal cien ideas en lugar de analizar seriamente cualquier tontería. Ves una persona joven arrimada contra la pared, disfrutando plenamente de su cigarrillo. Avanzas contra ella y estrellas tus labios entre su oreja y mentón.
Le agradeces el beso, regresas a tu lectura…
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