A un entierro de distancia

De repente empiezo a llorar; conociéndome, temo que me falten dedos para esconderme. Soporté todo: los gritos de los familiares sin conocer, sus reproches, su amor fétido. Y ahora mi perro se aleja de mí, como si olfatease mi culpabilidad. A Ella jamás la soporté. Nuestros encuentros casuales siempre fueron a la fuerza, precipitados por una voluntad externa, por ejemplo, la del difunto. Nuestras despedidas fluctuaban entre la diplomacia y el sopor. A veces un suspiro hacia atrás, una media vuelta murmurada… Cuando coincidíamos en la calle, nunca una risa o un saludo por accidente. Recuerdo nuestro primer saludo: fue por encargo. Me espetaron varias veces su nombre, y ni aún así logro recordarlo. Durante nuestra presentación parecíamos dos estatuas sin polvo. Esperaba al pie de la escalera cuando ella interrumpió mi silencio y me asustó. Yo en realidad la conocía de antes. Una tarde la descubrí ebria, siendo llevada a casa por el difunto. Los espié desde una cabina, donde había quedado atrapado por el aguacero. Los seguí sin darme cuenta. Al reaccionar, sus ojos me veían desde su casa, su carcajada me cautivó, y devolví la risa en silencio, escondido, empapado, un extraño tras un árbol. Siempre nos veíamos por una voluntad ajena a la nuestra. Hoy es la del difunto.

Foto de Robin Geschonneck

La sala está llena, la familia se reparte las tareas del servicio (mis primos recogen y entregan las bebidas, K. ofrece sus bocadillos, y los gemelos mantienen su alegría a pesar del luto). Abandono la sala por el ruido, o al menos eso es lo que quiero creer. No sé por qué me marcho, y nada indica que se me echa de menos. Desde la entrada se oye su algarabía; si no vistieran de duelo, esto pasaría por fiesta. Todos se divierten con la vida del muerto, botella tras botella. Desde mi asiento los escucho discutir sobre quién lo quiso más, quién fue el más querido, y temas cada vez más patéticos. Alzan la voz, a veces se oye unos pasos acelerados, pero todo acaba entre risas y brindis. Tengo la impresión de haberme sentado aquí por más de una hora, junto a los abrigos para camuflarme. No grité porque sí: tenía la mirada fija en la puerta cuando entraste. Nunca te imaginé en un momento así. Miras la sala antes de descubrirme. Te aproximas, cierras los ojos, tu mano en la boca no disimula tu risa, me hace recordar al extraño tras el árbol, ahora junto a los abrigos… Lloro tan mal que parezco acompañarte en tu sentimiento hilarante. Los ruidos de la sala empiezan a acercarse y rodearnos; todo se vuelve una loca carcajada; basta mirar a alguien para seguir riendo, coger algo e improvisar  pantomimas, abrazar a alguien, confesar algo, agarrar un vaso y ¡a brindar por la vida!

Anuncios

¿Sin comentarios?

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s