Lo que el amor encontró

Yo te  amo, quise decir, mas no dije nada. Ella soltó mis manos y empezó a retirarse. Entre otras cosas grité ¡Érica!, y ella tampoco entendió otra cosa más que su nombre y se detuvo. Lloroso y desesperado, me agaché a sacar un cuaderno de mi mochila. La mirada de los curiosos en mi nuca no me facilitó las cosas. Los parques parecían tan tranquilos y románticos… Las lágrimas aminoraron hasta desaparecer mientras escribía la carta. En ella le explicaba esta repentina incomunicación. Levanté el papel, di un suspiro, y se lo entregué a Érika. Ella lo recibió con una sonrisa y me lo lanzó a la cara. Su enrojecido rostro claramente decía, ¿Te estás burlando de mí! Yo también me quedé asustado ante mi carta: ni yo mismo entendí lo que decía. Nos miramos por un segundo larguísimo donde entró un aguacero que parecía diluvio. Se dio la vuelta con tanta rapidez que temí que se cayera, así que me lancé a sus piernas. Volví a repetir las palabras que creí que había pensado, pero ahora era Érika la que lloraba. (O al menos eso creí, pudo ser la lluvia).

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