No te podría decir por qué callé

Soy un sujeto que no suele festejar mucho, salvo cuando las circunstancias económicas lo permiten. Inclusive he ido a fiestas donde solo conocía a una persona. No soy el alma de la fiesta y, sin importar el número de botellas, no me vuelvo un charlatán. Aún recuerdo a la primera farra que fui, hace una década quizás. Desde entonces, nunca me he sentido cómodo en ningún festejo. Según el grupo, me siento más o menos extraño. La siguiente historia no se trata de una anécdota ni deseo reprimido. Escribí los primeros párrafos en el colegio, y ha crecido con el pasar del tiempo. En algún momento volverá a editarla.

No te podría decir porqué callé. Mi silencio fue la suma de todos los silencios del local: cuando callé, realmente empezaste a ponerme atención. Antes no. Antes te divertías (o así lo creí) con cualquiera que pasaba a tu lado. Pero incluso los demás notaron tu falta de seriedad y dejaron de responder. La música empezó a fallar: al principio sólo fueron los discos viejos, luego el equipo y finalmente la caja de fusibles.

He regresado a verte, un poco harto de dar vueltas por aquí. Estás bajo un foco titilante. Retrocedo. Choco contra una mesa: platos y copas me acompañan al suelo. Tu risa llega más rápido que las otras. Todos ríen contigo; yo no. Yo trato de adivinar los tu risa: ¿realmente es sincera? Mi intención había sido ayudarte pero todos me antecedieron. Lógico: el local está lleno, ¿por qué la ayuda tardaría en llegar hasta ti? Empiezo a retroceder hacia otro lado mientras tus socorristas se interponen entre nuestras formas de mirar. Un empujón me arranca de tu vista, caigo de espaldas sobre otra mesa. Mi cara está cubierta por algo espeso, mis manos visten lechugas y pepinillos. Restriego mis ojos contra el mantel antes de correr al baño, huyo entre risas. Estoy seguro de no haber escuchado la tuya. Cuando regreso el ambiente es distinto, apenas alumbrado, con silencios y risas cortas cada vez más esporádicas. Te busco con la luz de un celular que acabo de encontrar. Te llamaría si supiese tu número. Tal vez el dueño de este aparato podría tenerlo. Te busco en sus contactos. Te encuentro entre la H y la J. Llamo sin recibir más que invitaciones a tu buzón. Tu saludo pregrabado tranquiliza mi reclamo y me arrodillo satisfecho. Desde el suelo, reconozco tu celular en manos desconocidas.

Quise decírtelo. ¡De verdad quise! Preferí rondar una vez más el local, lejanamente cerca de ti, hasta que decidí sentarme en una esquina. El celular comenzó a vibrar, vi tu nombre en una pantallita y quise contestar.

Veo tu nombre, siento que varias miradas me presionan pero una mano repentina aparece. El sujeto que viene con la mano contesta. Pregunta por mi nombre, y empieza a hablar contigo de verdad.

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