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Pero estaba enamorado, y solo se dio cuenta de lo tarde que era cuando descubrió sus arrugas.

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Cuando vi que la sangre empezó a salir bajo la mano, corrí a pedir ayuda. Una vez en la calle pensé, ¿por qué no llamé a las puertas de los vecinos? Pedí auxilio a varios sujetos y agarré al único que me hizo caso. Le expliqué lo sucedido en el camino y pidió una ambulancia. Al llegar ya había un charco de sangre bajo la mano atrapada en la puerta. Los dedos se movían de forma casi imperceptible. Mi víctima seguía inconsciente mientras se la llevaban. Cuando se dieran cuenta de que le faltaba la lengua, yo ya estaría lejos.

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De copa en copa cada vez se demoró más en llegar a casa. Deambuló por horas mientras regresaba. Varias veces pensó en lanzarse hacia el siguiente carro que lo rebasara. No lo hizo. Quería cambiar. Sus acciones no respaldaban su decisión pero así era. Después de todo, estaba volviendo a casa, ¿cierto? Sí le gustaba ser padre, quería a su esposa. No había que pensar más: aceptaría la rehabilitación. Se quedó dormido a medio camino. Su cuerpo y sus reflexiones quedaron por los suelos.

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A la noche, la gente del pueblo seguía estupefacta, incluso cuando la ambulancia ya se había llevado los últimos restos de la víctima. Antes de limpiar la sangre, tuvieron que espantar a los niños que jugaban alrededor de la campana.

80

Le llevó el desayuno como cada mañana, solo que ella estaba fría y con la boca abierta. Cerró su boca, sus ojos, y con mucho esfuerzo se sentó a su lado a dar también su último suspiro.

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